Andanza p’atrás (a las navidades de los 50)



(Si yo no fuera de pueblo, de mi pueblo de La Cepeda, titularía este relato “Viaje en el tiempo – 60 años hacia atrás”; pero me tocó nacer allí y allí aprendí a hablar). 

 

Pues resulta que aquel abuelo (veterano, que no viejo) no pudo conciliar el sueño de la siesta y se sobresaltó cinco minutos después de la primera cabezada. Lo hizo con una preocupación que aceleró sus pulsaciones: “… pasa el tiempo, arde la llama, vuela la vida en pavesa…” Él habría dicho “vuela la vida en falispa”, pero no rimaría y no lo entendería nadie que no fuera de aquella tierra, y los que fueran de allí dudarían si pensaba en copos de nieve o en chispas de fuego. Así que estaba muy bien como estaba.

 

Lo que a él lo apuraba era que, después de otro día más, terminarían aquellas navidades. No, no podía dejar de aprovechar aquellas horas restantes para revivir, aunque fuera en fugaces falispas, sus más gratos recuerdos de la infancia. ¡Los disfrutaba tanto!

 

Por lo mismo, se apresuró a prepararse para su excursión vespertina por las sendas conocidas de sus paisajes familiares y por los vericuetos de su enmarañada memoria.

 

Se calzó unos calcetines térmicos y unas botas de senderismo. Eran unas botas “de lujo”, térmicas, impermeables, transpirantes, ligeras… supercómodas. Nada que ver con aquellas zapatillas o alpargatas de su infancia que no es que no resistieran el paso del frío o del agua, es que parecía que los atraían. Así sucedía que, cuando regresaba a casa después de las faenas o escapadas, con los pies calados y en puro carámbano, tenía que pasar sigilosamente por la cocina vieja a calentarlas y secarlas sobre un fuego avivado con unos seroyos de urces. Y, luego, ya se sabe: al mínimo descuido… ¡ala, las zapatillas chamuscadas! ¡Pobre culo de Marcelino!

 

El resto del avío para abrigarse no desmerecía al calzado, y cinco minutos más tarde salió con una sonrisa gloriosa a iniciar la caminata que le iba a hacer mucho bien a su salud y a su ánimo.

 

Los primeros pasos lo llevaron hasta La Puente, donde volvió la vista para comprobar si en el camino de Las Encorradas se habían formado las resbaletas de hielo que tantos ratos de risas y tantas jostradas le habían provocado en tiempos de aquellas otras navidades. No, nada de resbaletas, casi ni restos de la tremolina quedaban.

 

Subió por El Candanero hasta La Corneta, porque quería echar un vistazo al caserío del pueblo, y durante la ascensión sintió la primera fatiga y los primeros vapores de la sudadera. ¡Vaya mal que andaba de forma física! Tendría que escalabaciar un poco menos y afanar un poco más para recuperarla. ¡Es que tanta maraña, tanta maraña…, son demasiadas marañas!

 

Veinte días llevaba recordando con detalle las estampas navideñas de su infancia: primero las veladas preparatorias de los Ramos, cuando los pastores por un lado y las mozas por otro, dirigidos por un par de expertos acomparadores, iban componiendo las letras y ensayando las melodías para entonar bien; luego las faenas hogareñas de hacer leña para “calentar al Niño”, preparar las castañas y nueces para comer en casa y para dar de aguinaldo a los familiares, atropar el sustento de los animales para los días de fiesta y para los previsibles días de nevadas…; y luego las emociones de la Nochebuena con la Misa de Gallo y besarle la patina al Niño; las inocentadas, los cuentos, las partidas de cartas, los villancicos, las castañas asadas; la noche de San Silvestre, los regalos de los Reyes Magos; las nevadas, las resbaletas, las jornadas sin escuela…; y, por desgracia, los sabañones que no faltaban a la cita. 

 

Iglesia de Ferrera en los 50

Ya en lo alto del cerro, pudo disfrutar de un panorama entrañable. ¡Demasiado entrañable habría que decir! Y es que muchas casas eran de techo de paja, la torre de la iglesia lucía sus dentelladas de ruina, y todas las chimeneas, todas sin excepción exhalaban su fumarola de cepos de brezo. Recapacitó un momento, parpadeó un par de veces de forma concentrada para limpiar bien sus retinas y trató de enfocar bien la mirada. Pero nada cambió. El panorama seguía siendo el mismo: lo que veía era el pueblo de su infancia, de hace 60 años. ¡Eso era imposible, una alucinación seguramente! 

 

Se apoyó en la cayada, agachó la cabeza, se quitó las gafas nuevas, carísimas y totalmente nuevas, sin un solo rayón en las lentes… y, por si acaso, sacó un pañuelo de papel y las limpió cuidadosamente, tomándose tiempo para reflexionar. Luego se las caló otra vez y dirigió de nuevo su mirada hacia el pueblo. Y… sí, allí estaba, allí seguía con su panorámica añorada. Buscó la casa de sus abuelos y la reconoció de inmediato, fiel en sus detalles, exacta a la de entonces, entre la del tío Angelín y la del tío Ambrosio…

 

No sabía qué hacer para romper aquel hechizo. Y ni siquiera sabía si quería romperlo o prefería mantenerlo un poco más.

 

Recapacitó muy racionalmente: en verdad  había dedicado demasiado tiempo a aquellas cavilaciones, más tiempo del debido. También había disfrutado más de lo debido, como un burro en un patatal.  Y, como todos los abusos se pagan..., pues claro, ¡ahora veía visiones! Se dijo: vamos, anda, viejo carcamal, que estás más chocho que una pera momia. ¡Anda pa casa, no te vaya a dar algo! Y comenzó a bajar despacito, con miedo a resbalar, apoyándose en su cayada de castaño esmondado.

 

Cuando se iba acercando de nuevo al pueblo, ya relajado de aquellas emociones, le pareció oír, como muy lejana, una antigua melodía que andaba intentando recuperar hacía tiempo, de la que recordaba retazos de una letra muy melosa: “Adiós, dulce niño,/ adiós, tierno infante,/ adiós, dulce amante,/ adiós, adiós, adios”. Era el villancico con que se despedía al Niño Jesús después de besarle la patina en aquellos tiempos, que lo cantaban Aurora y Ermelinda entre otras. Intentó aguzar un poco más el oído; pero, sin los audífonos, y no estando seguro de que aquel sonido fuera real, terminó por no oír nada. 

 

Torre de la iglesia de Ferreras. Actual.

Una vez en las calles del pueblo, se dio cuenta de que ya veía los edificios actuales, nada de techos de paja, y la iglesia se veía ya renovada, con la torre impecable gracias a los desvelos de algunos y los esfuerzos y aportaciones de la mayoría. ¡Tampoco estaba mal! ¡No, nada mal!

 

No percibió ningún aroma de hornada reciente ni de castañas asadas y notó un silencio excesivo, sin gritos de rapacines que corrieran por las calles jugando "a la maya" y sin balidos de corderines que esperaran en las cortes el regreso de sus madres… ¡Se había esfumado la ensoñación!

 

De pronto, escuchó los pronósticos del tiempo para la tarde de las cabalgatas. Era la sección del tiempo en el telediario. Y ya despertó totalmente. ...Había estado soñando durante una placentera siesta, nada de andanzas p’atrás ni p’alante.

 

No sabía si sonreír o lamentarse, así que decidió ir a buscar un café a la cocina y pensar en qué les iba a contar a sus nietos después de la cena, mientras harían tiempo para la llegada de los Reyes Magos. Podría contarles que a él, en aquellos tiempos, nunca le trajeron juguetes, sino pizarras y pizarrines; lapiceros y pinturas; plumas y palilleros; zapatillas, naranjas, higos… y algunos caramelos y bolitas de anís. ¡Un tesoro completo! ¡Y cómo lo agradecía!

 

¡Felices Reyes, amigos!


Herminio