Pequeño aguinaldo intempestivo (seruendo al menos) para una Navidad accidentada



Dicen que el hombre, junto con el asno -por algo son de la familia, digo yo- son los únicos animales que tropiezan dos veces en la misma piedra. ¡Qué se le va a hacer!, salieron así de las manos del Creador y no lo pueden evitar; parecen haber sido hechos precisamente para dar tumbanazos.

Esta vez el hombre se llamaba José, y de nuevo se pegó un martillazo morrocotudo por confundir el clavo con la herradura. El asno era la burra de Belén, que a pesar de saberse al pie de la letra el camino hacia el Pesebre, no reparó en aquella piedra camuflada que tantas veces le había hecho perder el equilibrio. – Mira que te lo advertí, José, antes de partir: que éste no era un viaje cualquiera, que condujeras con tino y sin prisas la montura, que esquivaras los obstáculos del camino para evitar un accidente, pero nada, como si se lo hubiera dicho a la burra- se lamentaba María mientras yacía engorgotada entre las patas del animal. El tropezón había sido monumental. La premamá salió despedida por entre las orejas de la burra y ésta aterrizó junto a una mata de codeso tras dar un par de vueltas de campana.

En su caída María había tenido el reflejo instintivo de autoprotección de la criatura que llevaba en su vientre, y notó que rebullía. Gracias a Dios, no la había perdido.

José, tembloroso, llegó hasta ella para consolarla y ayudarla a ponerse en pie, mientras se lamentaba por no haber sabido esquivar la maldita piedra. Luego trató de auxiliar a la burra, que permanecía espanzurrada entre los arbustos, sin fuerzas para incorporarse del suelo.

 

 

 

El pobre animal hacía ligeras genuflexiones con la cabeza como si tratara de pedir disculpas por su torpeza, y con el único ojo disponible en aquellos momentos dirigía su mirada a un lado y a otro como queriendo calibrar la gravedad de la situación y el posible daño causado a la preciada carga que momentos antes llevaba sobre sus espaldas. Ella sabía por experiencia propia que una mala caída puede suponer la pérdida de la descendencia. ¡Y lo que duele! A lo largo de su vida había tenido la fortuna de “conocer” a unos cuantos congéneres masculinos. Con alguno de ellos la relación había alcanzado niveles de auténtico romance (aunque sin llegar al idilio sublime de la Canela de Turcia, autoinmolada en el altar de la pasión y de la pena).

José se las tuvo que ingeniar para ayudar al animal a levantarse. Puesto de rodillas, introdujo su hombro entre las patas delanteras y empujó con todas sus fuerzas. Tras varios intentos logró su propósito, pero en la operación constató que la montura había salido malparada del accidente: una de las herraduras había volado hasta perderse entre la maleza y, lo que era más grave, la pata delantera izquierda se había quebrado de cuajo.

 

 

 

No había más remedio que suspender el viaje. Cojiando, cojiando, y sin apartar ni un instante la mente de la criatura nascitura, tuvieron que desandar el trecho (por fortuna no demasiado largo) hasta el punto de partida.

Una vez de vuelta en Nazareth, María se fue directamente a la cama a reponerse del susto y del cansancio.

José se dispuso a encañar a la burra. Pero no bien había empezado con la operación cuando oyó unos gritos agudos desde el interior de la casa. Corrió hacia la alcoba y en ese preciso instante María acababa de parir un hermoso bebé (todos los bebés son hermosos en el momento en que se asoman a este mundo).

 

 

 

 

Y así fue como en esta ocasión el Esperado vino al mundo en una humilde casa normal (de época, pero normal), sin revoloteo de angelitos, sin bueyes ni mulas, ni pastorcitos con sus corderos al hombro, y sin reyes magos.

Lo que sí se ha visto en las inmediaciones es una columna humana avanzando penosamente hacia el Dispensario Pandémico que se encuentra a escasos metros de la Carpintería. Y allá que voy yo también a enfilarme en la columna antes de que se agoten esas pildorinas tan guapas contra el acongojonamiento, inventadas por los prestigiosos Tarambana´s Co.

 

¡Felices Próximas Fiestas y Feliz 2021, Camaradas!


En Siero, a 18 de enero de 2021

 

 


P.D. A modo de estrambótico estrambote

Senilómetro (no exento de marca de la Casa): Esta mañana, al volver con el pan, acerté a leer de reojo en un escaparate un cartelito anunciando “Sujetadores a 10 €”, y entonces me dije para mis adentros: ¡Coño, yo valgo bastante menos!