Veladas de Navidad, 27 y 28 de diciembre de 2017

8 - Pesquisas, batidas y rastreos



El relato (continuación).

Síntesis de los hechos conocidos. Malos augurios. Confirmación del extravío. Pesquisas, batidas y rastreos en busca de los desaparecidos.

Lugar: Valdeponjos, Valdesamario, La Lomba, Valle Gordo y Valle Chico.

Fechas: Viernes, 27, y sábado, 28 de diciembre de 1850.

Horas: Día y noche.

Protagonistas. Además de nuestros antecesores, Ramón, Francisco y Restituto, sus familiares pasan a primer plano por la pública inquietud que los atormenta.



Malos augurios confirmados, batidas, pesquisas y rastreos.

Ya nadie tiene tiempo ni humor para participar en veladas.

En las tres localidades de nacimiento de nuestros antecesores ha trascendido la confirmación de que todos los seminaristas iniciaron sus vacaciones el jueves día 19 y que nuestros tres protagonistas partieron de Astorga aquel mismo día hacia los domicilios de sus familiares en La Omaña.

Conociendo los itinerarios que habían seguido en anteriores viajes, sus familiares conjeturan que la ruta seguida debía haber sido la ruta verde o la ruta azul del mapa.

 

Sin más preámbulos ni dilaciones los padres de los tres seminaristas viajeros, ahora ya considerados “desaparecidos”, convocaron de inmediato, a son de campana “tañida a rebato para ajuntar concejos, vecinos y todas las almas” de los tres pueblos natales.

Una vez reunidos todos en los atrios de las iglesias, habiéndose desbonetado en señal de respeto y de urgencia, les rogaron que todos colaboraran con todos los medios disponibles a la búsqueda y localización de sus hijos, vivos o fallecidos. Esta misma demanda la realizaron sus mandaderos en todos los pueblos de La Lomba, de Valdeponjos, de Valdesamario, del Valle Gordo y del Valle Chico. También expidieron parejas de mozos a caballo por los dos itinerarios posibles hacia Astorga, que había sido el punto de partida del viaje, en busca de cualquier información esclarecedora del suceso.

Regidores y vecinos de los pueblos requeridos para las batidas no sabían al principio qué decir ni qué comentar; pero la respuesta fue unánime y decidida. Una vez que el primero se decidía a proponer algo, todos los presentes hablaban en barullo de actuar, de salir de inmediato, de qué sitios debían ser pesquisados en primer lugar, de la forma de organizarse, de por dónde ir, de gritar mucho para ahuyentar a los lobos y otras alimañas, de llevar los perros de torna o aqueda y los mastines; y garrotes, palos y estaracos; y cualquier otra arma de la que dispusieran; y también hoces de monte, y machetas, y navajas; y de calzarse y arroparse bien para atravesar ventisqueros, trabes, matorrales y arboledas. Algún rapacín decidido, que ya creía valer para colaborar, enseñó ufano una navajina despapada para pedir que se la mangaran bien para llevarla consigo.

En cada pueblo todos sus moradores (diez o doce vecinos, cuarenta o cincuenta almas, diez o doce perros de aqueda, careo o mastines y varias caballerías) se sumaron a las partidas. Las iniciaban al clarear y no las abandonaban hasta oscurecer.

 

Fueron excluidas de las partidas las personas ancianas, impedidas, baldadas o acambonadas, y los niños todavía incapaces, a los que se encomendó mantener las lumbres encendidas, las casas caldeadas y los potes en los estrébedes

Todas las demás almas, mayores y rapacines, de todos los pueblos de la contorna, unos a pie y otros en caballerías, acompañados de sus perros y provistos de vituallas y de todos sus pertrechos contra inclemencias y peligros, iniciaron los ojeos, las batidas, las pesquisas y rastreos, que fueron intensos y continuados hasta agotar todas sus fuerzas y consumir todas las horas de luz.

Acostumbrados a los ojeos y batidas para “correr al lobo”, recorrieron de prisa todas y cada una de las posibles vías y las posibles desviaciones de ambas rutas, embiscando con sus gritos los latidos de los perros y su afán de buscar rastros.

 

Dos Jornadas enteras, el viernes 27 y el sábado 28, transcurrieron sin resultado positivo. No se hallaron indicios útiles del paso de los viajeros, tan sólo la confirmación del inicio de su viaje y alguna indecisa indicación de que habían sido "percibidos de lejos, caminando de prisa por La Cepeda hacia el valle del Valdesamario", lo que bastó para confirmar los peores temores y encaminar las partidas hacia las zonas de búsqueda, pero no para concretar el camino seguido.

El clima había ido deponiendo poco a poco, como con desgana, sus inclemencias; las nubes se habían desparramado finalmente y habían cesado los vientos cortantes; los hielos y la nieve cedían ya al calor mañanero de un sol bajo, aunque luminoso. Por los valles y arcavueches los troncos pardos de robles y pálidos de abedules lucían casi deshojados unas pocas hojas ocres y rojizas; por las laderas del requejo y las lomas soleadas asomaban sobre la capa superior de la nieve las puntas verdes de los piornos y otras marrones de las urces; aquí y allá, los puntiagudos peñascos de los serrijones coronaban, a modo de espinazos grises, los cerros alomados; incontables cristales de hielo y nieve reflejaban otros tantos destellos de sol.

Aunque aquel territorio montañés parecía ahora acogedor, no alcanzaba a disimular un gesto peligroso, de trampa mortal, para los forasteros desprevenidos, porque, si a trechos aparecían indelebles en la nieve los rastros recientes de animales salvajes, se echaban mucho de menos las bandadas de linaceras y alondras que, con toda seguridad, habían percibido días antes la llegada del temporal y habían migrado para unos días hacia la Ribera y La Cepeda.

 

Todos los expedicionarios, almas y animales, avanzaban decididos contra las dificultades y los riesgos, impasibles a las fatigas y molestias, a pesar de la escasa certeza de “llegar a remediar” el presumido desastre. Lo hacían colaborantes, unidos de forma inquebrantable, expresivos y comunicativos, a voz en grito; pero no obtenían otra respuesta que la de las otras partidas próximas. Así durante dos agotadoras jornadas de intensas horas.

Cada noche, de regreso a sus viviendas, muy cansados, con el ánimo más decaído que rendido, padres, hermanos, abuelos, familiares y vecinos en general atendían sólo a cebar apresuradamente a los ganados y ajotar a corderines, cabritines y terneros, abandonando las demás faenas habituales. Madres, hermanas, abuelas, familiares y vecinas aviaban rápidamente unas comidas improvisadas, sin dejar de rezar con humildad y lamentarse acongojadas.

Rematando las últimas horas ya oscurecidas del segundo día de batidas, día de los Santos Inocentes, después de tantas horas de búsqueda infructuosa, un antiguo gemido y una oración parecían llegar a algunas casas, deslizándose entre las sombras.

En Ramá se oyen gritos,
hay lágrimas y gemidos.
Es Raquel, que llora a sus hijos
y no quiere ser consolada.

(Jeremías profeta)

 

Almas cándidas, Santos Inocentes
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado
rogadle por nosotros.

(G. A. Bécquer)

 


Telemarañas, 28 de diciembre de 2017,

día de los Santos Inocentes