Veladas de Navidad (19 de diciembre de 2017)

3.- La partida (19 de diciembre de 1850)


 

El relato (continuación).

Síntesis de los hechos y datos conocidos sobre esta jornada. No tenemos por el momento constancia de ningún detalle correspondiente a la jornada que vivieron el día 19 nuestros protagonistas; pero no podemos dejar el relato sin sus justos contenidos, por ser muy importante para nuestra crónica. Conste, por tanto, que  todo lo que sigue es producto de nuestras elucubraciones durante la velada de hoy, a la que sí han comparecido algunos contertulios, aunque menos de los esperados. Esperemos que los demás no se hayan entregado al despilfarro pródigo de sus pensiones.

Lugar: Sí podemos anticipar que en etapas posteriores se constatará que en esta fecha nuestros protagonistas hicieron una larga marcha por caminos de La Cepeda, después de salir de Astorga en dirección norte. Pero ni hoy ni en próximas jornadas encontraremos, por lo que yo sé, constancia de cuál fue el itinerario seguido. En cambio, en esta materia, sí da mucho de sí la experiencia de los veladores de hoy, incluido este inexperto amanuense. 

Fecha: Jueves, 19 de diciembre 1850.

Hora: Comenzó la jornada antes de clarear, cuando Las Tres Marías se escolingaban ya hacia Galicia, y duró ¡lo que no está escrito!

Protagonistas: Tres seminaristas del seminario de Astorga.

  • Restituto Flórez García, de 16 años, hijo de Manuel y de María, natural de Valbueno en El Valle Chico de La Omaña.
  • Francisco Sabugo Rodríguez, de 17 años, hijo de Manuel y Martina, natural de Cirujales en El Valle Gordo de La Omaña.
  • Ramón García Martínez, de 20 años, hijo de Fernando y María, natural de Santibáñez en La Lomba del Campestedo de La Omaña.

Yo elucubro, tú elucubrarás..., elucubremos todos:

Era muy de madrugada en Astorga, tanto como en el resto del planeta Tierra; pero parecía que allí le costaba más despuntar al día por tanto frío como hacía, por el silencio sobrecogedor que reinaba en la atmósfera y por la profundidad de la noche (¿qué iluminación pública existía?) .

Tan pronto comenzó a clarear, nuestro veterano Ramón salió del seminario, ya ataviado y aprovisionado de lo mínimo imprescindible para acometer la larga caminata; se dirigió a las posadas de externos en que se alojaban sus dos compañeros y paisanos, Restituto y Francisco, que también lo esperaban con parejo atavío, y emprendieron de inmediato la marcha, a paso vivo, saliendo de la ciudad amurallada por Puerta Hierro.

 

En pocos minutos dejaron atrás el lienzo norte de la muralla y todo el extrarradio del Melgar, donde las praderas de mielgas y cadillos aparecían rociadas de escarcha, apenas visible.

 

Al superar la loma de Los Chapines en el camino de La Cepeda, vieron asomar por el frente las frondas deshojadas de los alisos y “choupos” que escoltaban el curso del río Tuerto. (A ver, amanuense, ¿en qué quedamos? Si estaban deshojadas, no eran frondas, serían más bien ramacial. ¿No crees?). Allí volvieron la vista hacia atrás, durante un instante, para apreciar la silueta, borrosa entre la bruma, de la ciudad todavía dormida, sobre la que no consiguieron divisar el posible saludo de despedida de Pedro Mato desde lo alto de la catedral cojitranca.

 

 

El itinerario.

En este apartado surgen las primeras discrepancias durante la velada. A falta de constancia expresa, cada uno de los que opinamos nos inclinamos, guiados por las propias experiencias, a elegir una de las alternativas de itinerario, que, siendo todas y cada una, sin duda, posibles, requieren ser sometidas a contraste, sin descartar ninguna:  

  • Dice MFMínguez: “Tomaron el camino más corto y seguro, sin puentes ni ríos caudalosos, la Rodera Asturiana. Después del mediodía llegaron al término de Las Encruciadas, a un kilómetro por encima de Murias de Ponjos”. Esto significa que, según él, siguieron la ruta azul, a lo largo de todo el valle de La Cepeda.  Es una ruta que puede ser recorrida a pie o a caballo en cualquier estación del año, pero no en carro durante el invierno. Ofrece la ventaja de que podían buscar socorro en nada menos que doce pueblos para cualquier percance que les afectara, incluyendo los climáticos, los alimentarios, los accidentales, etc. Las dudas aparecen cuando se entra a los detalles: ¿“el camino más corto y seguro, sin puentes ni ríos caudalosos”? El río Tuerto se suele desbordar con las lluvias, nevadas y deshielos; ¿“llegaron a Las Encruciadas después de medio día”? Si las mediciones de los mapas no engañan, habrían recorrido ya 30 kilómetros, incluyendo la ascensión de un desnivel de casi 400 metros desde Quintana del Castillo a las Encruciadas, lo que supone un tiempo mínimo estimado de siete horas de marcha sin descansos. Mas este pero no pasa de plantear meras dudas, porque nosotros sí consideramos a nuestros veteranos capaces de superar tamaña hazaña y todo lo que hubiera de sobrevenir después.
  • Otro predecesor nuestro, preclaro él, Germán Suárez Blanco, altocepedano de Villarmeriel, término por el que hubieron de transitar nuestros protagonistas, sugiere una variante al itinerario de esa misma ruta, el trazo negro, que consiste en una desviación desde La Veguellina, por Castro y Villarmeriel para conectar con la ruta verde hacia el alto de Valrretuerto - Valdecarro y Ponjos. Reduce un poco la distancia y el porcentaje de desnivel y reviste la credibilidad de que goza del magisterio de Germán en la tradición y cultura locales.
  • Yo reconozco como altamente razonable esta segunda opción, más aún que la primera, pero tengo razones, más sentimentales que lógicas, para no descartar un tercera, la ruta verde: por ser la más transitada por las caravanas de carros y caballerías en el trajín de urces, carbón vegetal, leñas, lana, lino, miel, cera, huevos, jamones, cecinas, embutidos, patatas, paja, centeno, trigo... y estudiantes y soldados; por asentarse sobre terrenos bien drenados, libres de cauces de ríos y arroyos; por recorrer el terreno más llano y con menores porcentajes de desnivel; y por mi tendencia a volver a las sendas de mis andanzas (“En la Venta La Perdiz / que te den un sorbocaldo, / porque padeces del pecho / y te ha dado un resfriado”).

Habría argumentos para defender cualquiera de las vías propuestas y nada nos obliga a realizar la elección de una y el descarte de las demás por el momento.

 

Prosigamos la marcha.

Más allá de Carneros, bajo el puente de Sopeña, el río Tuerto dormía todavía entre dos márgenes de escarcha con su único ojo iluminado por el primer sol oriental, casi rastrero. Ni siquiera las tiritonas truchas rebullían en la superficie. Bajo las ramas colgantes de los salgueros asomaban tenues remansos de hielo cristalino salpicados de hojas mareadas. Este era el puente más importante que nuestros abuelos iban a encontrar en su ruta. No era el actual puente de hierro, construido después de 1900, sino uno anterior, versión enésima del que solían derrumbar cada año la grandes riadas del otoño y de la primavera.

Nuestros ilustres viajeros comentarían, sin duda y al paso, sus recuerdos de excursiones y baños en La Forti y de sus meriendas en La Peña de Santiago, donde aparecen las supuestas impresiones ferruñosas de las herraduras de caballo de Santiago “Matamoros”. (Oye, niño, ¿me sabrías decir de qué color era el caballo blanco del Patrón Santiago?)

 

La Forti (Peña de Santiago)

Impresiones

 

En el supuesto de que hubieran decidido subir a los páramos de “Chanolera” para seguir el Camino Ancho de Astorga a Ponjos, coincidente hasta más allá de La Venta de La Perdiz con la Cañada de la Vizana, se montarían o agarrarían a los taronjos de algún carro para aprovechar el tiro de los bueyes que bafareaban su fatiga gris de la cuesta, mientras los aros de las ruedas rechinaban sobre las piedras sueltas en su lento circular por las roderas rojizas.

Horas después se apartarían a la izquierda en la bifurcación hacia Ferreras de la Cañada de La Vizana y sobrepasarían la Laguna Gallega, sin dejar de otear las cimas del Sierro de Pozo Fierro, por cuyos collados habían de superar el primer cordal de la Sierra de Gistredo en dirección a su destino.

Su atención y su mirada aprensiva habían comenzado a pasar de hito en hito de las nubes grises más bajas a las nubes negras más altas que parecían deslizarse pendiente abajo en busca de la abrigada de las cimas, mientras las rachas de un viento cortante hacían brotar lágrimas saladas de sus ojos. (“Oye rapacico, ¿gústante los mocos? ¿están ricos? Parece que no paras de sorber. / No, no me gustan nada los mocos. Éstas son lágrimas que lloro por las narices y saben saladinas”).

 

En el supuesto de que hubieran optado por subir por el valle de La Cepeda, cruzarían de seguido, arrimados a la ladera de solana, los pueblos de La Carrera, Fontoria, Quintana de Fon, Cogorderos, Villamejil y Castrillos.

En Sueros harían un alto, porque, siendo cabeza de municipio y sede de mercado semanal, encontrarían fonda para recuperar fuerzas con un frugal refrigerio acomodado a sus pobres bolsillos de los cuartos. Allí les preguntarían cuáles eran su destino y su itinerario y, después de escuchar su respuesta, no faltaría el sensato comentario “¡Ay mocicos, llevades un camino muy pindio pa un tiempo tan fosco!

Ellos hubieron de seguir, un pelín fatigados ya; bien por La Veguellina, Castro y Villarmeriel; bien por Abano y Quintana del Castillo, para acometer el primer envite crítico, cuesta arriba, hasta coronar el collado de Castrillón (1450 m) o el de Valrretuerto - Valdecarro (1400 m) según hubieran elegido la opción hoy sugerida por MFMínguez o la sugerida por GSBlanco.

 

 

Fuera cual fuere la opción que eligieron, nos consta que franquearon el sierro, tenemos indicios de que el clima era ya más que “tiempo fosco” y, dadas las horas transcurridas, suponemos que bajaron con prisa, lo más rápido que pudieron, por el abesedo agreste hacia el valle de Valdesamario, posiblemente con la cabeza decaída y terciada contra la nevisca de agudas falispas, aunque levantando su mirada de trecho en trecho para observar la senda en la distancia y para mostrar su brava decisión de seguir y seguir, sin pausa. Esas prisas en la cuesta abajo, luego, habitualmente, se pagan en dolor de piernas.

 

 

Desconocemos si iniciaron la subida del siguiente cordal por la senda del Valdeponjos o por la del Candanedo. En cualquier caso tiraron cuesta arriba por unas duras pendientes en busca de los rasos de La Lomba del Campestedo.

 

Y ahí los dejamos hoy. Pero no los olvidamos. De alguna forma estamos decididos a seguir con ellos.

¡Dios les de buen camino y mejor destino!

 
Telemarañas, 19 de diciembre de 2017, martes, (san Abrán, san Amón, san Bayulo… san Ursicino, san Zenón… santa Pensión y santa Extra)



Apéndices:


La Astorga de antaño.

http://bibliotecadigital.jcyl.es/es/catalogo_imagenes/imagen.cmd?path=10075768&posicion=2&registrardownload=1

La Forti
http://www.aytovillaobispodeotero.es/los-pueblos/sopena-de-carneros/