Veladas 2018

17 - Inocentadas en el Seminario.


 

 

INOCENTADA HELADORA.

Recordamos que “a las siete sonaba la campana” para levantarse. Eso tiene sus historias dignas de ser contadas. Hoy recordaremos una de la que no todo el mundo se enteró en su momento.

Era una campana pequeña, de apenas 30 centímetros de diámetro. Estaba colgada a la subida de la escalera, en el centro del edificio, entre dormitorios y estudios. Para tañerla había que tirar de una cadena que la hacía oscilar de un lado a otro. Despertaba a los internos en el momento más soñador de cada madrugada y también interrumpía los momentos más intensos de sus recreos durante el día; por lo que era fuertemente aborrecida hasta el punto de que uno de ellos solicitó en septiembre de 1905 ante un arzobispo y varios obispos que "aquella vieja sin seso y charlatana, denominada campana, fuera sometida a un auto de fe, quemada y esparcidas sus cenizas"; pero alguien le respondió: "si la campana sepultas en un lecho mortuorio, ¿quién convocará a la gente después al refectorio?"

Cuando el obispo decidió uno de aquellos años de la década de 1950 que los muchachos no se irían a sus casas durante las Navidades y que las pasarían en el internado, la noticia no gustó demasiado a la gente menuda que ideó mil y una formas de manifestar su mal humor.

El día 28 de diciembre, día de las inocentadas, era el más propicio.

El encargado de tocar la campana despertadora era uno de los prefectos de disciplina a quien debía sonar su despertador dos minutos antes y seguramente se limitaba a enfundarse la sotana encima del pijama para salir a tocar.

No se supo de quién partió la idea ni quiénes la ejecutaron, pero esa campana en la madrugada de inocentes amaneció boca arriba y llena de agua.

Cuando el adormilado prefecto tiró de la cadena, una helada ducha le sorprendió. ¡No se sabe si cogió una pulmonía o se limitó a un resfriado!

La noticia no trascendió demasiado, salvo por el enorme charco que había en lo alto de la escalera. Si se hicieron indagaciones, fueron bastante discretas para no dar trascendencia a la travesura. Éste, que lo cuenta ahora, se enteró en los ensayos de una obra de teatro en que actuaban también estudiantes de los últimos cursos y oyó comentarios.

 

 



EL PAPA DE LOS INOCENTES.

Por otra parte para ese día habían organizado los alumnos de teología, que eran los mayores, el día del “Papa de inocentes”. Consistía en elegir “papa” a uno de los niños de primer curso, vestirlo de sotana blanca, pasearlo en silla gestatoria (un sillón amarrado a unas andas) y hacerle reverencias como si de un papa se tratara.

No debió de tener mucho éxito la farsa, o no gustó a la superioridad, precisamente porque podría ser asimilada a las denostadas “fiestas de los locos”, regocijos llenos de impiedades que eran celebrados durante las navidades en siglos anteriores, pues sólo se organizó aquel año. En las navidades de los cursos siguientes hubo otras celebraciones que nada tenían que ver con aquello.


Oviedo, enero de 2018


Germán Suárez Blanco