Veladas de Navidad 2017 

15 - Cuento de Navidad 

(Segunda parte de "Pensamientos y recuerdos")


 

 

 

 

Sigo sentado sobre la piedra en el “balcón del cielo”. Mis recuerdos se dirigen hacia lo que fueron

MIS NAVIDADES.

 

La tradición.

Ninguna fiesta de las que se celebraban en mi niñez, fueran religiosas o mundanas, me proporcionaban tanta ilusión y alegría como las fiestas de Navidad.

Para mí las Navidades giraban en torno a dos ejes: el religioso y el de los acontecimientos que por estas fechas se producían.

 

La matanza.

Entre estos últimos estaba, sobre todo, la fiesta de la matanza, de gran tradición en Sanabria, en la que las familias y los vecinos nos ayudábamos unos a otros, por lo que se pasaban unos cuantos días de convivencia y alegría.

Los niños, aparte de estorbar casi siempre, también teníamos tareas encomendadas, como aprovisionar de agua la casa, de forma que todos los que la necesitasen, y en cualquier momento, tuviesen agua caliente y abundante. (Por entonces las casas carecían de agua corriente y se traía con calderos de los pozos o las fuentes).

Otra de las tareas era ayudar a los hombres a lavar el cerdo una vez chamuscado: con un recipiente pequeño vertíamos agua caliente donde nos iba indicando el matachín que refregaba el corato del cochino hasta dejarlo totalmente limpio.

Y, por supuesto, debíamos mantener provista la cocina con la leña necesaria. Ésta era la tarea que a todos más nos gustaba, ya que, cuando pasabas, casi siempre rascabas algo.

Estos pequeños quehaceres se veían compensados cuando en la mesa preparada para los rapaces había abundancia de viandas, vino rebajado con agua, dulces y demás golosinas propias de la Navidad, como aquel turrón que había que partir con martillo y puntero. ¡Ese sí que era turrón del duro!

En los días posteriores al de la matanza, (una vez que el veterinario daba el visto bueno) se despiezaban los cochinos.

Y, por fin, se comía el ansiado trozo de magro asado en las brasas. Este momento, para muchos de los que nos criamos en aquella época, tenía algo de sublime,¡no todos los días se podía comer carne fresca!

Hasta que los chorizos, los farinatos, las morcillas y los lomos estaban en los varales, listos para secarse al humo, y las demás piezas de la matanza puestas para la salazón, pasaban algunos días de intenso trabajo familiar, pero era como una liturgia que aseguraba el buen sustento de la casa para el resto del año.



 

Celebraciones religiosas.

 

Los preparativos. 

El eje religioso comenzaba para mí mucho antes de la Navidad, allá por octubre, cuando don Francisco, el cura párroco del pueblo, empezaba a preparar "los versos" (llamábamos así a las poesías y los Misterios de Navidad que representaríamos en la iglesia después de los oficios religiosos): viaje a Belén, adoración de los pastores, Reyes Magos, etc.

Participábamos casi todos los niños y niñas, unos declamando las poesías, los demás interpretando los diferentes personajes. Personalmente, interpreté a casi todos: Niño Jesús, pastorcito, José, ángel y, sobre todo, a Herodes.

Siempre muy pegado a la sotana de don Francisco, iba a su casa por las tardes, antes de tocar al rosario, y con el dedo índice de la mano derecha apuñalaba las teclas de una vieja máquina de escribir y pasaba a papel lo que él me iba dando. Como podéis suponer, con un dedo solamente la tarea era larga.

A mí me gustaba ir a su casa, porque, cuando apretaban los fríos que en Sanabria eran tempranos e intensos, antes de salir de su casa para tocar la campana de la ermita para el rezo del rosario, me daba una copita de vino de misa o de licor café que él mismo elaboraba, “para hacerle frente al frío”, me decía.

Cuando estaba todo pasado a limpio, repartía los papeles entre los niños, a su criterio (este papel le va bien a fulanito, este otro a citanita...) y comenzaba el periodo de aprendizaje. Quince días después, los ensayos.

Todos los actos navideños se celebraban en la ermita de Santa Lucía, situada dentro del casco urbano. La iglesia parroquial, que estaba en un cerro lejos de la población y por tanto de difícil acceso para las personas mayores, se utilizaba sólo los domingos para la misa, los oficios de Semana Santa y los funerales, ya que el cementerio estaba adosado a ella.

El escenario.

La ermita era suficientemente grande para acoger en sus bancos a toda la gente del pueblo. El presbiterio estaba situado a cinco gradas de la nave de la ermita y era muy amplio, tanto en fondo como en los laterales. El izquierdo era el destinado a las niñas durante el resto del año, pero en Navidad se convertía en el emplazamiento del Belén y pasaban a compartir con los niños las gradas centrales que eran las destinadas a ellos durante todo el año. El derecho, bajando las gradas, daba a la sacristía.

El altar estaba apoyado en un retablo que llegaba al techo. Por encima del Sagrario, a media altura, presidía el conjunto una imagen de La Virgen del Carmen; a la derecha, la imagen de Santa Lucía, de madera policromada y con una hoja de palmera en una mano y un plato con sus ojos en la otra. En el lateral izquierdo, a la misma altura que la santa, la imagen de San Antonio Abad con el bastón en la mano y un cochinillo a los pies. El resto del retablo lo componían pequeñas columnas y ornamentación vegetal sin estilo definido.

Terminado el oficio religioso, con las cortinas que de antemano estaban preparadas, se ocultaba el altar, y el presbiterio se transformaba en escenario. La parte que daba a la sacristía servía de entrada y salida de los personajes.

Aquellas representaciones eran algo rudimentario y muy sencillo, pero entrañable, cercano, familiar. En ellas se despertaron muchos sueños, algunos se cumplieron y otros están siempre en el recuerdo de aquellos niños que, con ilusión, dedicamos nuestro tiempo y esfuerzo para representar lo mejor que sabíamos los Misterios de Navidad.

 

El Belén.

El belén era grande.

Los niños debíamos recolectar el suficiente musgo para cubrir el gran tablero que servía de base, por lo que salíamos en pandilla a los prados, paredes y bosques que estaban orientados al norte, más abundantes en el preciado briofito. Se necesitaban varios días de búsqueda hasta tapizar por completo los espacios que don Francisco había señalado: prados, jardines de los palacios, orillas del río, etc.

Don Francisco era, además de un buen cura, un gran carpintero y, aparte de las figuras tradicionales de los belenes, a lo largo de los años fue añadiendo cosas de su invención: un gran palacio de Herodes con una fuente en el pequeño jardín, granjas con sus animales, molinos, norias y casitas diseminadas por todo el belén, todas iluminadas. Un depósito de agua, camuflado entre verde ramaje en la zona alta del belén, abastecía del agua necesaria al río, a molinos, fuentes y norias. Toda esta agua terminaba en otro depósito debajo del belén y cada día se devolvía manualmente al depósito principal.

Cuando estaba terminado, era bonito, pero, una vez que todo se ponía en movimiento (iluminación, fuentes, molinos y las diminutas barquitas en el pequeño lago), desplegaba todo su encanto.

El rescoldo.

 

Siempre quedó en mi interior el calor de la magia de mis Navidades de niño. Andando el tiempo, cuando por mis obligaciones laborales debí organizar o supervisar los eventos navideños en establecimientos hoteleros, siempre procuré contagiarlos del recuerdo que de ellos poseía. Aparte de la preparación de los ejes principales sobre los que se iban a desarrollar todos los actos (menús, almuerzos y cenas de gala, orquestas, etc.), me gustaba involucrarme en todos los detalles que, aunque parezcan menores, también eran muy importantes para el conjunto (decoración, iluminación, villancicos, concursos, etc.).

 

Esto, aparte del disfrute personal que me proporcionaba, servía de acicate para involucrar al personal, porque, como sabéis, ningún proyecto será exitoso si el empleado no lo siente como suyo. Tu ilusión se ve reforzada por la de cada uno de los empleados y si, por ejemplo, falla a última hora el árbol de Navidad, alguien tiene la idea de que, con unas cañas secas de higuera, se puede sustituir dignamente al tradicional abeto. 

La atención, lo más personalizada posible, sobre todo con las personas que por circunstancias de la vida (viudedad, separaciones, etc.) las pasaban sin familiares, era parte esencial para que el huésped (no me gusta decir cliente) pasara sus Navidades en un ambiente que se asemejase un poco al familiar. Un minuto de charla, una copa compartida, una fotografía… y, por unos días, pasabas a formar parte de su familia. 

Cuando todo este conjunto de cosas funcionaba como un reloj, me permitía, junto con mis colaboradores más directos, entregarme al divertimento de la fiesta.


 

Pero, amigos míos, a medida que la vejez ha ido endureciendo mi pellejo y, al contemplar cómo nada cambia a mejor en el mundo, también mi ilusión se ha ido encostrando y hoy vivo estas fechas con escepticismo.

Ello no quita para que, de corazón, os desee a todos vosotros y a vuestras familias, que el 2018 se acerque lo más posible a vuestras esperanzas.

Permitidme que envíe un recuerdo especial a los que están más lejos (con aguas de por medio) como J. Benito, que nos obsequia de forma maravillosa con su arte, y a F. V. Colinas que, a pesar de la lejanía, no nos olvida.

También quiero expresar (y creo que todos estaréis de acuerdo conmigo) mi agradecimiento a Herminio por el tiempo que le roba a sus quehaceres y a sus aficiones para dedicarlo a nosotros de forma tan generosa, no sólo durante esta segunda fase de Telemarañas, donde con sus Veladas se ha salido de madre de forma magistral, sino también en el día a día, siempre disponible cuando se le requiere.


Para todos, un abrazo.

Navidades 2017-2018

J. A. F. Barrio.