Veladas de Navidad 2017

12 - Parte primera: Pensamientos y recuerdos




 

El presente.

 

Tras una larga subida, montaña arriba, llego cansado a la cima del cerro que denominan "balcón del cielo". Estoy en las estribaciones occidentales de Sierra Morena, que descansa en la otra sierra denominada "Sierra de Aracena y Picos de Aroche". 

Paso un pañuelo por mi frente para limpiar las gotas de sudor que, a pesar de la brisa de la ya avanzada tarde, resbalan sobre mis cejas y me obstaculizan abrir los ojos para poder contemplar la amplitud del horizonte que se abre a mi alrededor.

Permaneciendo de pie y, como un faro que da vueltas en la noche para contemplar el ancho océano, voy girando mi cuerpo y, protegido por la palma de mi mano de los rayos del sol que camina hacia su ocaso, admiro la ondulante serranía que se pierde hacia Portugal y que expone a la claridad de la tarde toda su gama de colores. Destaca, en el valle, el verde de los chopos recién estrenado por la primavera y que esconden bajo su sombra un pequeño riachuelo que discurre en curvas asimétricas, amplias unas, pequeñas otras, como una cicatriz causada por la naturaleza al dividir el sierro en dos laderas.

Destacan también, sembradas aquí y allá, las casitas de labranza o guarda de ganado, con un color marrón coronado por tejados de teja roja en los que el paso del tiempo ha dibujado parches verdes o grises, dependiendo de la orientación de cada uno.

 

Bajo las poderosas y grises encinas se distinguen unas manchas negras que de forma rítmica se mueven en una marcha sincronizada; son los cochinos ibéricos que con su largo y potente morro van hurgando la tierra en busca de bellotas, raíces y todo aquello que les salga al paso y les sea apetecible. Son las manadas de "piros" jóvenes que ocupan el puesto dejado por sus mayores, ya sacrificados durante el pasado invierno; van de recogida al establo donde les espera un puñado de maíz o pienso de bellota, golosina que el dueño les prepara para atraerles de vuelta a las cochineras cada tarde. El rumor del arroyo llega transportado por el viento que, aunque suave, porta consigo los sonidos del valle, haciendo ondear las copas de los olivos que se mecen ofreciendo sus hojas plateadas a la caricia de la brisa.

Hacia el sur, la cadencia de los cerros me transporta a las tierras de Juan Ramón Jiménez, allí donde quería sembrar su corazón para que fructificara de nuevo. Seguro que era una tarde tan hermosa como ésta: cálido sol, hombre contemplando la naturaleza, pensamientos y sentimientos que salen de lo profundo del alma y se mezclan como una pócima que te cura el espíritu. También quiero exponer mi corazón al tibio sol de esta tarde para inundarlo de la paz que emana del paisaje que me rodea. Mirando a Extremadura, imagino las grandes dehesas, con sus campanarios, sus restos de castillos, vestigio de la pasada gloria de sus conquistadores, morada hoy de cigüeñas y palomas que tienen en sus derruidos torreones el albergue ideal para sus nidos.

 

Contemplando tanta belleza en esta tarde tranquila, me atrevo a pedir a Dios, al destino o a la suerte para que sean piadosos y me permitan vivir, aunque sólo sea un día más, para contemplar de nuevo este fluir tranquilo de la vida que la primavera estalla ante mis ojos.



El Pasado.

Me siento en una lisa piedra que sobresale del suelo y embriagado por el sol, los colores y el lejano murmullo del riachuelo, pienso en mi vida, en las cosas que me han sucedido a lo largo de los años: mi niñez en el pueblo, frío en invierno, caluroso en verano y con las penurias propias de la época de posguerra, con escasez de casi todo, sacrificada y dura vida tanto de los mayores como de los pequeños. Sólo el tesón y el afán de nuestros padres, siempre preocupados por sus hijos, suplían en lo posible las carencias materiales.

 

La falta de juguetes se arreglaba con imaginación: los carretes de hilo de coser de ''La Cadena'' nos servían para fabricar las ruedas para un coche, cuyo chasis y habitáculo lo formaba un bote de tomates o melocotones en conserva. Las pelotas eran de goma, tan mala que apenas resistían tres o cuatro patadas, y no te digo si tenías la mala suerte de que se fuesen contra un zarzal.

¡Cuanta imaginación salía de la cabeza de todos los niños del barrio de abajo, que nos reuníamos a jugar bajo el balcón de la casa del Ti Juan El Gaitero! La entrada de la casa estaba precedida por un pequeño rellano de anchas piedras, un poco más elevado que la calle, por debajo del cual pasaba la acequia de riego que, desde las "pozas" situadas en la falda del monte recorría todo el pueblo, de arriba a abajo, regando las abundantes cortinas y huertos que, a modo de tapiz verde, se extendían paralelas a la largo de pueblo.
Bajo la balconada de la casa del Ti Juan El Gaitero nos reuníamos los niños del Barrio de Abajo.
 

 

La línea de ferrocarril dividía al pueblo más o menos a la mitad con un enorme terraplén que arrancaba desde la estación y terminaba engullido por un túnel a kilómetro y medio de ésta. Sólo hay dos posibilidades de franquearlo: en la calle principal del pueblo por un túnel de arco redondo, que denominamos "El Paso" y por otro al que llamamos "El Túnel de la Estación". Este terraplén trajo consigo el establecimiento de una frontera: Barrio de Arriba y Barrio de Abajo. En el Barrio de Arriba están las tiendas, las dos iglesias y los bares. Al establecerse esta frontera, los niños ya teníamos enemigos o, mejor, contrincantes, por lo que las peleas ya no eran entre nosotros; toda nuestra energía se reservaba para las contiendas con los niños del Barrio de Arriba. Normalmente eran encontronazos incruentos, más bien verbales, pero la rivalidad siempre estaba presente.

Como decía, allí teníamos el punto de reunión y de juegos. Allí, en la calle, hacíamos la "fumaza" la noche de San Juan. Los más atrevidos saltaban por encima de las llamas; yo me limitaba, con muchas precauciones, a saltar por encima de las brasas.

Allí también tuve la mala suerte de que me cayera, desde la balconada, un hacha en la cabeza. Por suerte aún lo puedo contar sin que el accidente me dejase secuelas.

Allí conocí también a Miguel dos Santos, contrabandista portugués. Era un hombre sagaz y escurridizo; había escapado muchas veces tanto de los guardiñas portugueses como de los civiles españoles. Nos contaba historias fantásticas de los viajes que nos decía que había realizado por países exóticos de África, especialmente de Angola donde había pasado el período del servicio militar. Por aquel entonces, Angola era colonia portuguesa. Se sentaba en el escalón y nosotros nos arracimábamos a su lado, escuchando embelesados aquellas historias contadas medio en español, medio en portugués. 

Después nos daba caramelos e instrucciones de lo que teníamos que hacer para avisarle si veíamos a los guardias aparecer por cualquier calleja. Mientras nosotros montábamos guardia, él iba de casa en casa tomando nota de los pedidos que nuestras madres le hacían. Mayormente era café "El Farruco" o "Sical". Mientras que Portugal se abastecía del café de sus colonias de ultramar, en España tomábamos achicoria o cualquier otro brebaje. La transacción era rápida: una vez realizados los pedidos, el contrabandista iba a su escondite y volvía con el saco lleno y las mujeres ya tenían preparado el importe exacto: un toma y dame. A nadie interesaba prolongar el acto, ya que si los pillaban con las manos en la masa, había castigos no sólo para el contrabandista, sino también para el comprador.

Años más tarde le volví a ver. Venía con un gran coche y ya sin necesidad de guardar su espalda; había invertido las ganancias del contrabando en una próspera compañía de coches de alquiler.

Le recuerdo porque despertó en mí el gusanillo de la lectura y la inquietud por descubrir nuevos mundos a través de ella. Siempre terminaba sus historietas con "tenéis que estudiar muito na escola, porque todo lo que os conto está nos libros".

En la escuela… la enciclopedia Alvarez, la leche en polvo americana y el queso amarillo, junto con el catecismo, fueron los alimentos intelectuales de mi niñez, hasta que el destino me trasladó a Las Ermitas.

 

Interrumpo aquí mis recuerdos. Los retomaré en la segunda parte dedicada a la Navidad.

 

Quiero, queridos compañeros, desearos a vosotros y a vuestras familias unas

¡FELICES NAVIDADES!

F.Barrio
Galaroza, diciembre 2017.