Veladas de Navidad 2017
1.- Presentación


 

Queridos quintos del 59 y demás amigos,

“... Otra Navidad regresa
y es luz que el corazón ama;
pasa el tiempo, arde la llama,
vuela la vida en pavesa…”

En vísperas de esta nueva Navidad que se nos ha concedido vivir, me asaltan los recuerdos de las navidades de mis primeras edades. Supongo que a vosotros también. Es un asalto inmisericorde de experiencias inmejorables, que nos “bajan los humos”, que contrastan con el desencanto que vivimos ahora, como para "darnos en el morro" un desengaño adecuado a la vanidad de nuestro orgullo injustificado por los logros del presente. En mi caso este contraste viene envuelto en dos persistentes recuerdos: las veladas y los aguinaldos navideños.

 

Las veladas, llamadas también filandones, llegaban cada día, festivo o laboral, al final de la jornada de faenas. Las esperábamos con verdadera ilusión, porque traían los momentos más agradables de aquellos días. Cada familia se recogía al amor de la lumbre y acogía las visitas de otros familiares y vecinos para apurar un par de horas de buenos momentos. Allí se compartían amistad, alegrías, cosillinas y sabores, en forma de cuentos, castañas asadas, adivinanzas, anécdotas, manzanas, juegos, canciones, nueces y hasta algún traguín de vino nuevo, caliente y suavizado con agua y miel para los niños ¡y también el rascado de los sabañones! Todos ellos eran productos de la tierra y del sudor de nuestras frentes, cosecha propia y sin coste monetario alguno.

 

Los aguinaldos eran escasos. Cada niño, si tenía mucha suerte, podía recibir, entre nochebuena y reyes, uno de cada padrino, otro par de ellos de los abuelos paternos y maternos y algún otro de los tíos más unidos afectuosamente a él. Pero no sólo contaban los aguinaldos que se recibían, sino también los que se entregaban. A mí particularmente me agradaba casi más preparar y repartir los que mis padres y abuelos regalaban a sus ahijados y sobrinos: los cestos más espléndidos podían traer manzanas, peras, naranjas, castañas, nueces, higos, caramelos, bolitas de anís, una corrina de chorizo y una onza de chocolate. Cada cesto de aquellos, bien administrado, daba de sí un número incontable de momentos golosos.

Pero estos recuerdos me suenan extraños ahora. Tenemos la tele delante, con toda su charlatanería, su vocerío y su escenografía sensacionalistas y también tenemos los teléfonos y ordenadores, y ya no gustamos de las sensaciones sencillas… ¿Me creéis si os digo que, cuando busqué en internet imágenes de aguinaldos, lo único que encontré fueron fajos de billetes, de dinero negro, y cestas de navidad que apestan a soborno? ¡Malditas corruptelas y corruptos! Ya sabemos que esos son traviesos, especialmente traviesos, y se podría dar que se atrevan a alegar atenuantes de infancia y de inocencia.

 

En este presente nuestro, más jubilado que jubiloso, acomodado al bienestar y bienvivir y bienllevar en que estamos instalados, amortizados casi, no alcanzamos a otear un horizonte de ilusiones ni esperanzas, como si voláramos rastrero y con los ojos cerrados. Para ponerlo peor, a menudo nos invaden los desánimos. ¿Estaremos padeciendo “insuficiencia respiratoria”? ¡Qué va! No es nada grave. Se trata, sin duda, de un leve desaliento. Ante todo, no os preocupéis demasiado. Ese penar se debe a que la situación económica, política, climática, del presente día a día nos viene sometiendo a fuertes sobresaltos, a veces angustiosos, como algunos que ponen en entredicho, o, más bien, en “maldicho” en voces de reporteros parleros y teatreros, la honestidad y méritos de alguno de nuestros más apreciados amigos; pero son sobresaltos de los que no deberían durar más de dos o tres legislaturas. ¡Eso espero yo! ¡Esperemos!

 

Yo, cada vez más a menudo, cuando ando en estas zozobras, busco unos instantes a solas, detengo mis pasos, echo una miradita atrás y, no sé bien por qué motivos, siento un alivio inmediato, porque me agrada mucho lo que recuerdo ver. Después inspiro profundamente varias veces, tomo varios alientos contra el desaliento y ya siento que vuelvo a recuperar las fuerzas para proseguir adelante, paso a paso, como si las pendientes fueran menos desfavorables y las borrascas menos inclementes. ¿He dicho borrascas, bajas presiones, depresión? ¡Uy, huy, uy, eso ni mentarlo!

¿Haréis conmigo uno de esos ejercicios de recuperación? ¿Estáis dispuestos a participar en este juego de “inocentes”? ¡Os prometo que os va a sentar muy bien!

Yo llevo unos cuantos días dándole vueltas en mi caletre a mi tradición de obsequiaros un aguinaldo por Navidad, mi rollo de cada año. Por eso y porque no quiero faltar a la cita de este año, os voy a proponer que echemos todos un gran vistazo atrás y que luego tomemos alientos con fuerza para proseguir con nuevos bríos, como cuando andábamos “uno tras de otro”.

En años anteriores os he regalado un relato más o menos navideño, ambientado con algún villancico de fondo e iluminado con alguna imagen al caso. Veremos a dónde me termina llevando este año tal revoltijo de ideas.

Prefiero que el aguinaldo no consista en un relato monologado, sino que participéis también vosotros en él, si os apetece, como si nos juntáramos cada noche para compartir una velada amistosa. ¡Os convoco a unas veladas navideñas! A ver si podéis acudir y traéis en el bolsillo alguna cosillina original ¡por favor, que no sean vídeos ni fotos virales del “cópialo y pásalo”, que ya estamos saturados!

Ya tengo el relato, que esta vez no es original mío, sino prestado; pero, reconociendo su legítima autoría a un amigo omañés de Valdesamario, Manuel Fernández Mínguez, lo voy a hacer propio, con una versión muy mía, o, mejor aun, muy nuestra, porque sería muy provechoso que me ayudarais a completarlo. También tengo algunas imágenes y me sería muy fácil ponerle unas musiquillas de fondo. ¿Me permitís que os lo ofrezca?

Como sé que, si espero a vuestra respuesta, pueden expirar la navidades en silencio, me voy a responder yo mismo que “sí me lo permitís”.

¡Vale, pues!

 

¡Os convoco a unas veladas navideñas!

¡Comencemos!

Pero hoy, no. ¡Mañana! ¡Dios mediante!


Guadarrama, 17 de diciembre de 2017
(¡71 añazos ya este menda!)